Bienvenidos a mi hogar

Pasad y poneos cómodos; bienvenidos.

Me gusta invitar a gente a mi casa, me gusta recibir, sí puede sonar marujón, pero me gusta.

Me encanta cuidar los detalles, hasta los más mínimos, de manera que lo preparo minuciosamente todo; desde días, bueno, semanas antes, pienso qué quiero ofrecer; y no me refiero sólo a la comida.

Porque invitar a alguien a mi casa, invitarle a comer, supone abrir mi hogar, (empezando porque tengo un hogar que abrir), abrir mi intimidad, y quiero que todo sea perfecto.

De esta manera, empiezo por elegir el color que le quiero dar, y cómo soy cursi, (imagino que ya os habréis dado cuenta), mi favorito es el rosa, aunque la pasada Navidad fue azul y plateado. No vayáis a pensar que tengo un arcoiris de manteles y vajillas en casa, no, nada más lejos, pero a veces con pequeños detalles, consigues grandes efectos.

Elijo el color, y pienso en el montaje de la mesa, si es más informal, o la ocasión es más seria, cuántos seremos, y cuántos platos voy a servir. Y ya puedo empezar a diseñar cómo va a ser mi mesa.

Recorro tiendas buscando detalles asequibles que me puedan servir, manteles individuales, servilletas, velas, algún plato extra, y que den un toque de distinción.

Al mismo tiempo, repaso mis recetas favoritas, y busco otras nuevas que se puedan adaptar a la ocasión, a los invitados y a mi bolsillo claro. Una vez seleccionado el menú; aperitivos, plato principal y postre; me planifico.

Sí me planifico, porque todo va a quedar perfecto y buenísimo, pero yo tengo Fibromialgia, y no es sencillo para mí. Antes podía cocinar todo en un día, en el mismo día de la celebración, pero ahora tardo mucho más, ya que, tengo que descansar cada poco tiempo; tengo que mirar una y otra y otra vez la receta, porque no recuerdo los pasos ni las medidas.

Para que os hagáis una idea, la última cena que hice en mi casa; tuve que hacer la compra en 3 veces, porque no puedo cargar peso; empecé a poner la mesa 2 días antes, es un esfuerzo tremendo sacar platos, limpiar copas, y tardé 2 días también en cocinar, y juro que fue de lo más sencillo todo.

Ah, se me olvidaba lo más importante, me encontraba bien, es decir, mis niveles de dolor estaban en modo normal, o lo que es lo mismo, 6/10.

Con toda esta preparación, y a pesar de ella, mientras terminaba de arreglarme esperando a los invitados, ya no podía aguantar más tiempo en pie, ni sentada, el dolor se había incrementado considerablemente, de manera que cuando sonó por fin, el timbre de casa, yo encogida, cojeé hasta la puerta para recibirles.

Y con la mejor de mis sonrisas, empezó una velada marcada por el dolor y el agotamiento, o lo que es lo mismo, por mi amiga la Fibromialgia.

Cenamos entre risas y anécdotas, mientras yo me revolvía en la silla, sin apenas probar bocado, intentado que mi dolor no fuera un incómodo invitado, pero ahí estaba él, para recordarme que me había excedido en todo.

Me había excedido, sí, pero todo controlado, no sé si me explico. Ya os he contado que hice la compra en 3 veces, es decir, no cargué como una burra un día, no; poco a poco compré lo necesario. Y también cociné en 2 días, dejando para último momento sólo lo esencial.

Pero también os he contado en alguna ocasión que mi energía sólo da para unas pocas horas, con múltiples descansos. Así es la Fibromialgia: dolor crónico y energía limitada.

Y así es difícil llevar una vida social “normal”, es decir, quedar con amigos o familiares para cenar, comer. Invitar a casa aunque sea a un simple café, supone un exceso, un sobreesfuerzo que al final acabo pagando.

Con dolor evidentemente.

A pesar de todo, es un dolor que acepto, que tolero, porque es un dolor provocado por haber vivido, por haber disfrutado, por haber creado #ViviendoMomentos

Y con esos momentos me quedo, con lo vivido, lo disfrutado, porque sí, tengo Fibromialgia, dolor crónico, pero soy feliz, no me cansaré de decirlo, soy feliz y a mi ritmo, mi “vida normal” es perfecta.

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