Depresión y Fibromialgia

Fibromialgia y Depresión

Fibromialgia y Depresión

Hay un post que he empezado a escribir varias veces, y nunca encuentro el valor, la fuerza para terminarlo.

En estos post no hablo de Fibromialgia, hablo de Salud Mental, de miedos, mitos y tabús.

Hablo de Depresión.

Esa palabra con tantísimas connotaciones negativas.

Y es que, oímos hablar de Depresión e inmediatamente acuden a nuestra mente palabras como….loco, trastornado, débil, frágil, vergüenza, callar.

Incluso habiendo pasado esta enfermedad, hay pacientes que siguen temiendo hablar de ella, por miedo a ser tachados de locos y débiles.

Sobre la Depresión cae una pesada losa. Una losa que la sociedad ha colocado sobre ella, y que es muy difícil evitar.

Losa que sufre también el paciente. Que he sufrido yo.

Y os aseguro que es un peso demasiado grande para soportarlo en el momento más frágil de tu vida.

Mi Fibromialgia y mis depresiones

Sí, he utilizado el plurar.

Depresiones.

Mi Dolor es real, mi Fibromialgia es real

Antes de seguir, quiero aclarar algo; lo he repetido en más de una ocasión, y nunca me cansaré de decirlo.
La Fibromialgia es una enfermedad real, el dolor que sentimos es real.

No está en nuestra mente, no nos lo inventamos.

La Fibromialgia es real, muy real.

Parece increíble, pero aún hoy día, es necesario repetirlo, ya que hay mucha gente, incluido personal sanitario, que piensa que todo está en nuestra mente.

Vivir con Dolor. Fibromialgia

Otra cosa, bien distinta, es que vivir con Dolor Crónico las 24 horas del día, te agota física y por supuesto, psicológicamente.

Ver cómo tu vida cambia, las limitaciones aparecen y crecen; asistir a un continuo estado de pérdidas, no es sencillo para nadie, y te puede llevar a la depresión.

Aceptar una enfermedad como la Fibromialgia que cambia tanto tu vida, no es sencillo, repito, no es sencillo.

Igualmente ocurre con otras enfermedades cuyo síntoma principal es el Dolor Crónico.

Pero de sobre ello, hablaré más adelante, ahora os voy a contar mi experiencia con la depresión.

Años antes de que la Fibromialgia irrupiera en mi vida, apareció la Depresión

Antes de seguir, creo que es conveniente definir conceptos.

Depresión Endógena y Exógena

La Depresión Endógena se produce por una serie de cambios fisiológicos en nuestro cerebro.

Mientras que la Depresión Exógena es la que se produce a consecuencia de factores externos, como la pérdida de un ser querido, una ruptura amorosa o problemas económicos, entre otros.

Como sabréis la Serotonina, también llamada la Hormona de la Felicidad, regula nuestro estado de ánimo, nuestra felicidad. Cuando hacemos actividades que nos gustan, su nivel sube; y ante un grave problema baja.

Por el contrario, hay personas, en las que el nivel de serotonina se altera solo, sin necesidad de factores externos, llevándolos a la Depresión; aparentemente sin motivo alguno.

Pues bien, yo soy una de esas personas.

Depresión Endógena

La Depresión Endógena (recordemos, los niveles de serotonina se alteran sin motivación externa), tiene un componente hereditario, que en mi caso parece confirmarse.

Siempre he escuchado hablar de mi abuela paterna, como una mujer débil, contínuamente quejándose de dolor, y «amargada».

Quizás si lo viéramos desde el punto de vista actual, esa pobre mujer sufrió Depresión y muy probablemente Fibromialgia.

En la misma rama paterna de la familia, hay otro caso diagnosticado de Depresión y Fibromialgia, en esta ocasión, contemporáneo.

Las características, los síntomas básicos de este tipo de Depresión son:

  • Falta de energía y motivación.
  • Alteración patrón de sueño.
  • Incapacidad de reacción, de sentir emociones.
  • Tristeza.

Mi Depresión Endógena

Os pongo en situación.

1998

Fue un gran año para mi.

Había terminado Trabajo Social hacía algunos años, y estaba trabajando en lo que yo había elegido; la problemática entorno al VIH.

Era la Trabajadora Social de una ONG dedicada a la problemática del VIH y de la Drogadicción.

Tenía un coche nuevo, había comprado un piso con mi novio, y me iba a casar.

En octubre de 1998 nos casamos.

Octubre.

Primeros Síntomas

En Noviembre empecé a sentirme rara.

Rara en el sentido de que a penas dormía, ni comía pero extrañamente me sentía con muchísima energía.

Y nerviosa, inquieta, exultante.

Así pasé la mayor parte del mes, pero con 28 años, pensamos que era normal, los nervios de la boda, del trabajo, en fin, que el exceso de energía entraba dentro de lo que se esperaba de mi, por mi edad y situación.

Pero según avanzaban los días, yo sentía que no era normal.

No, no lo era, apenas dormía 2 ó 3 horas al día, y me mantenía tan sólo desayunando; no obstante lo que más me preocupaba era la ansiedad y nervios que sentía, así como el vacío que se iba adueñando de mi.

Vacío en cuanto que, no sentía, no me emocionaba, no era feliz.

Y así, el 6 de Diciembre de 1998, (no habían pasado ni dos meses desde mi boda), un día no me pude levantar de la cama.

No es que no quisiera o no tuviera ganas; no, nada de eso.

Sencillamente no podía.

Mi mente no pensaba, no actuaba.

Me hablaban pero yo no reaccionaba.

Es muy difícil de explicar.

Así pasé varios días en los q no fui a trabajar. Y el miedo me bloqueaba más, ya que yo era consciente de todo, de que no tenía control sobre mi cuerpo y mi mente.

Pidiendo ayuda

En aquella época no tenía a mi actual médico de Atención Primaria; era una doctora, que creía en las pseudoterápias.

¿Qué por qué digo esto? pues porque recuerdo que me mando ir a su consulta antes de que empezara su turno de trabajo, e hicimos algo parecido al Taichi con una mezcla de Reiki. Ella sostenía que era cuestión de energías.

Por suerte, al ver que yo no mejoraba, y que había pasado de la hiperactividad a la total abulia, me derivó al Centro de Salud Mental de mi zona; y ahí conocí a los mejores profesionales sanitarios, al mejor equipo.

Y explotó

Me resulta imposible describir con palabras lo que yo sentía.

Imagino que, si tu, que me estás leyendo, has pasado una depresión, me entenderás.

Fueron meses de auténtico caos en mi mente, en mi vida, en mi casa.

Yo era un cuerpo, una mente atrapada, dominada por una parte de mi cerebro, que decidió morir.

Que decidió, que la vida no valía la pena vivirla.

De manera que mi apatía, mi abulia lo cubrían todo.

No sentía nada.

Absolutamente nada, porque al vacío que había en mi mente no se le puede calificar de sentimiento.

Así irrumpió la Depresión en mi vida, arrasándolo todo. Arrasando una vida perfecta.

Con 28 años, trabajando en lo que siempre había querido, recién casada. Perfecta.

Pero todo se esfumó.

Imposible de describir

Llevo un rato aquí, parada en este párrafo, releyendo una y otra vez, lo escrito hasta ahora; y no sé continuar.

Quiero contaros lo que sentía, lo que pasaba por mi cabeza.

Pero no es sencillo.

Vacío.

Fibromialgia y Depresión
El Vacio
Vacío.

Creo que es la palabra que mejor se ajusta a la realidad.

Vivir una depresión endógena es sentirse vacío.

De sentimientos, de sensaciones, de emociones.

Pero además, te sientes en un mundo vacío, donde nada te atrae, y no le encuentras sentido.

Recuerdo que sólo podía estar tumbada, con la mirada fija en un punto, sin mirar nada; mientras las lágrimas manaban incesantemente de mis ojos.

Pasaba horas llorando, sin más, lloraba sin poder parar.

Y no reaccionaba a ningún tipo de estímulos. Mi familia me hablaba, intentaba presentarme actividades, pero en ocasiones, no podía ni siquiera hablar.

Como os digo mi vida estaba vacía.

No era tristeza, no, era el vacío.

El Vacío

Era un negro pozo, donde yo me encontraba.

Negro y profundo pozo, tan profundo, que no llegaba a vislumbrar ni siquiera la luz del sol que bañaba su brocal.

No sé, si os podéis imaginar la situación, voy a intentar describir lo que yo sentía.

Estaba en un pozo, negro, profundo, donde no había nada, no me llegaba ninguna señal, luz, estímulo, sonido. Nada.

Absolutamente nada.

Con tal panorama, yo sólo podía mirar al vacío. Daba igual que estuviera en medio de la calle, rodeada de gente, en el cine, en la playa, o en un circo.

Para mí, no había nada a mi alrededor, que llamara mi atención, de manera que, me quedaba mirando un punto fijo, sin sentir nada.

En mi pozo, no había nada.

Tan solo, tristeza y apatía.

Muchas veces, ni siquiera podía moverme; por ejemplo, a la hora de comer, (en tal estado, me tuve que trasladar a casa de mi madre, para estar mejor atendida, ya que siempre tenía que haber alguien conmigo), a la hora de comer, decía, me avisaban, y yo, que continuaba en la cama, no podía moverme, mi cuerpo no respondía.

Entonces, tenían que ayudarme a levantarme, a andar hasta la mesa, y a veces, incluso a comer. Ya que yo, no sentía, ni hambre, ni frío, ni calor.

No tenía respuestas

Ante este panorama, entiendo la desesperación de mi familia; pero ellos no acaban de entender lo que pasaba por mi cabeza.

Así que, las preguntas eran constantes.

El, ¿Pero qué te pasa? era el ruego perenne de mi familia.

Yo respondía, cuándo podía claro, ya que había momentos en que no me salía ni la voz; «nada, no lo sé, es que no puedo», respuesta que evidentemente no aclaraba mucho.

Pero era la verdad.

No sabía lo que me pasaba, no tenía graves problemas por los que estar así.

Sencillamente había caído en el vacío.

Un vacío que no entendían, y la pregunta se repetía una y otra vez, cada día. Lo que añadía más daño, más sentimiento de culpa.

No hay que preguntar por lo que le sucede a una persona con Depresión, tan sólo hay que acompañarle, que no se sienta solo en el vacío.

La culpabilidad no me ayudaba a mejorar, por supuesto que no. Me sentía culpable, por hacer daño a mi familia, a mi madre, a mi marido; y que cada día me hicieran mil preguntas, no ayudaba mucho.

Una mente atrapada

Mientras todo esto ocurría, hay un detalle, que he mencionado al inicio.

Yo era un cuerpo, una mente atrapada, dominada por una parte de mi cerebro, que decidió morir.

Así es, dentro del pozo, del vacío, había una pequeña parte de mi, que era consciente, de lo que sucedía. Y en consecuencia, estaba aterrada.

Era consciente, sí.

De modo que, cuando mi cuerpo inerte no respondía a ningún estímulo, había un reducido espacio en mi cabeza, gritando horrorizado, que estaba viva, que yo quería moverme, hablar, pero no podía, ya que, mi cuerpo no respondía.

Cada vez que esto se producía, yo sólo podía llorar.

Llorar de rabia, impotencia, miedo, sobre todo de miedo. Mi mente me dominaba y eso me daba auténtico pavor.

Acudía regularmente al psiquiatra, que iba ajustando la medicación ante la aparición de diversos síntomas, relacionados con la depresión. Estas visitas me crearon desde el inicio, desde la primera, ansiedad.

Unidad de Salud Mental

Muchísima ansiedad.

No sé si era el ambiente de la Unidad de Salud Mental, tan sólo era una parte en un Centro de Salud. Teníamos una pequeña sala de espera, y un pasillo con varios despachos. Lo que recuerdo, es que necesitaba compañía, porque si iba sola, no entraba al centro.

Me paralizaba y no podía entrar, así de fácil. Recuerdo un día, que había quedado en la puerta, con mi entonces marido, y se retrasaba. Yo no podía entrar al Centro de Salud, y estaba en la puerta de la calle, llorando, paralizada. Cuando por fin llegó, me encontró allí, petrificada, llorando, temblando y sin poder reaccionar.

Esa sensación me ha acompañado toda la vida, no puedo ir sola, no lo supero.

Mi psiquiatra

Se llamaba Manuel Girón, y es la persona que más paz y tranquilidad, me ha transmitido en mi vida.

Su voz, su forma de hablar, sus gestos, su mirada, me contagiaban calma y sosiego. Y conseguía que yo perdiera mis miedos, mis inseguridades, y le contara todo lo que sentía. Cosa que no era capaz de hacer con nadie más.

De manera, que le conté, el día que tuve un brote psicótico, cuando caminaba por la ciudad y me dí cuenta que todo el mundo me miraba, podían escuchar mis pensamientos y sabían cómo me sentía. Al igual que, también le conté el primer día que al asomarme a la ventana, pensé en saltar y acabar con todo.

Confiaba en mi psiquiatra, sabía que él me curaría, y tenía tanto miedo, que le confiaba cada pensamiento.

Tenía las citas programadas, pero al principio sobre todo, yo acudía de urgencias muy frecuentemente, hasta varias veces por semana. Bien porque llevaba horas llorando y mi familia se asustaba, bien porque yo tenía un ataque de pánico, otro brote psicótico o volvía a asaltarme la idea del suicidio.

Ya os he dicho que es el mejor médico que me he encontrado, y estoy casi segura, que sin él, no lo hubiera superado.

No obstante, no era sólo él.

Era el equipo de la Unidad de Salud Mental, al completo, los que merecen todos los halagos. Yo tenía asignada una enfermera, Celia se llamaba, y con el tiempo, y tantas visitas como hacía yo a la Unidad, me fue conociendo y sabía tranquilizarme mientras esperaba al doctor.

Con la ayuda de este gran equipo, de la medicación y de mi familia y amigos, logré superar el peor episodio de depresión de mi vida.

Depresión y Suicidio

Logré superar las ideas suicidas, que era algo que, realmente, me aterraba.

Mi depresión era endógena, sin motivo externo que hiciera disminuir el nivel de mi serotonina, y yo era consciente, de que las cosas que pensaba e imaginaba, estaban mal, y me hacían daño.

Yo era plenamente consciente de que por mi cabeza, pasaban ideas suicidas, de manera que cuando iba por la calle, si caminaba cerca del borde de la carretera, de repente me quedaba paralizada y me echaba a llorar, porque me había dado cuenta que, por mi cabeza pasaba la idea de saltar y acabar con todo.

Pero yo no quería, yo no quería morir, aunque comprobaba una y otra vez, como mi cabeza me decía que lo hiciera.

Sé que eso fue, seguro, lo que más daño le hacía a mi familia; claro que, yo no lo podía evitar. Tenía que expresarlo para que me cuidaran, para que estuvieran pendientes y no acabara haciéndolo.

Suicidio.

En ese momento, 1999, ocurría igual que hoy en día, no sabemos, ni queremos hablar del suicidio, y en mi familia no se supo gestionar.

No los culpo, faltaría más. Es sólo eso. Que no se supo gestionar.

Si la Depresión ya era un tema tabú, imaginad el suicidio.

Yo recibía asistencia en la Unidad de Salud Mental, pero a mi familia nadie la ayudó, nadie le explicó por lo que yo estaba pasando.

Un hueco en mi memoria

Dos años tardé en superarlo.

Sobre todo del primer año, de los primeros meses, tengo grandes lagunas en mi mente. Huecos vacíos, agujeros en mi memoria.

Por ejemplo, sé que hice un viaje a Toledo, pero no recuerdo absolutamente nada de él. Y lo mismo ocurre con otros momentos vividos. No los recuerdo, porque mi mente no funcionaba, estaba en otro mundo; y evidentemente, porque la gran cantidad de medicación que tomaba me anulaba.

Pese a los pozos en mi memoria, recuerdo perfectamente las sensaciones, los miedos que me provocaba la Depresión.

Recuerdo, que le repetía al doctor muy a menudo, que yo me iba a curar, porque no quería estar así, no tenía motivos para estarlo.

Y él, siempre me animaba a conseguirlo, sin prisas, me decía; pero vas a salir, y vas a aprender mucho de todo esto.

Aprendí, sin duda, aprendí a reconocer sentimientos, pensamientos; pero aún me quedaba mucho; aún la vida me tenía preparadas muchas otras sorpresas.

Una pesada losa

Tal como comentaba al principio de esta entrada; la Depresión es una pesada losa, compuesta por desinformación, tabús, miedos, estereotipos; que por desgracia, siguen de actualidad hoy día. Y que nos lleva a pensar en el paciente, como alguien débil, sensible, incapaz.

Nada más lejos de la realidad, la persona que sufre una Depresión, lucha cada día por salir a flote, por mantenerse.

Superar cada día, supone un gran esfuerzo; cada pequeña tarea requiere una dosis extra de concentración y fuerza para llevarla a cabo.

Intentar sobreponerse a los pensamientos negativos, incluso suicidas, al desánimo y la apatía, conlleva un enorme desgaste de energía física y mental.

Pero seguimos pensando que, el que sufre una Depresión es un flojo, además de exagerado.

Es un gran error minimizar, despreciar los sentimientos del paciente; está triste, (con o sin motivo externo) y no puede hacer nada por evitarlo, por mucho que lo intente, (que lo hace), no consigue mejorar.

Por eso, nunca debemos decirle a alguien que atraviesa una Depresión, frases del tipo:

  1. Tienes que poner de tu parte
  2. Intenta estar alegre
  3. No pongas esa cara
  4. Tienes que salir
  5. No aprecias lo que tienes
  6. No puedes pasarte el día llorando

Y la lista podría ser interminable; puesto que la gente, la sociedad en general, no sabe lo que supone una Depresión, y por supuesto, no saben ayudar al paciente.

Etiquetas

Somos muy dados a poner etiquetas que definen a las personas.

Y esto es una gran equivocación, desde mi punto de vista.

Definimos a las personas, las etiquetamos, a nuestro gusto y conveniencia; a veces incluso, sin haberlas conocido, pero así es todo más sencillo.

Etiquetar ayuda a organizar, a tenerlo todo ordenado, y así, por ejemplo, cuando te encuentras con alguien por la calle, tu mente, rápidamente, busca la etiqueta que le has adjudicado, para en consecuencia tratarle de un modo u otro.

Las etiquetas justifican nuestras críticas y malos modos, y repito, a mi entender, son totalmente innecesarias, además de treméndamente dañinas.

Lo cierto, es que tenemos tan interiorizado adjetivar, etiquetar a las personas, que incluso, lo hacemos con nosotros mismos.

Nos autocalificamos, en parte por nuestra experiencia, y en parte por lo que escuchamos, percibimos de los demás.

En salud mental ocurre igual, sólo que con más crueldad.

Débil

El paciente se autoetiqueta; sí, efectivamente, yo me puse mis calificativos, y evidentemente, no eran positivos, ni mucho menos.

Débil.

Ese fue el cartel, que yo solita me puse.

Y lo hice, por un lado, porque yo misma pensaba, veía que no era capaz de salir adelante, y por otro lado, porque es lo que percibía que los demás pensaban de mí. Y no era un brote psicótico, no, no lo era.

Pasé a ser la Débil de la familia, la inútil y frágil.

Me lo demostraron las frases y gestos que me dedicaban. El «pobrecita», «está delicada», «siempre ha sido muy sensible», entre otras lindezas.

Fue duro ver como yo misma me autolimitaba al etiquetarme, claro que, obiamente, más duro aún fue comprobar como la mayoría de los que me rodeaban, también lo hacían.

Recordad que estábamos entre 1998 y el año 2000, hace relativamente poco tiempo; no os estoy hablando del siglo XV.

El paso para valorarme y para que no me importara la opinión de los demás, aún tardó unos años en llegar.

Mientras tanto, sufría.

Superé la depresión

Lo conseguí.

2 años, pero lo conseguí.

Recuerdo que en una de las últimas consultas, de esa etapa, se produjo esta conversación:

– ¿Me volverá a pasar?. Le pregunté con muchísimo miedo.

– Sí. Afirmó rotundamente.

-Te volverá a pasar; pero este episodio ha sido tan severo, has aprendido tanto, que a partir de ahora, reconocerás el más mínimo síntoma, y le pondrás freno antes de que sea demasiado tarde.

– Pero para eso, añadió, tienes que quererte más, pensar en tí, sin importarte lo que piensen los demás. Vive tu vida y sé feliz. Aunque para eso, no puedo recetarte nada.

Y lloré.

Aunque esta vez de alegría.

Terminamos la consulta con un abrazo.

En la cuerda floja

A partir de ahí, vivía observándome.

Valorando si era feliz, si me sentía bien.

Y en cuanto me sentía un poco más triste, rápidamente me decía: «No Maite, no; no vas a caer».

Reconozco que era un poco obsesivo; pero tened en cuenta que me costó 2 años superar el episodio de Depresión.

2 años, con sus pensamientos suicidas, con sus horas de llanto descontrolado, con su cantidad ingente de medicación.

2 años de brotes psicóticos, fobias, ataques de ansiedad.

Y por nada del mundo, quería que volviera a pasar.

La Depresión me había robado 2 años de mi vida, de felicidad, y no podía consentir, que eso, volviera a suceder.

El tiempo todo lo cura

O al menos eso dicen.

Pero me ayudó bastante, es la verdad.

Poco a poco, me fui relajando, es cierto. Me sentía bien, fuerte.

El tiempo pasaba, y nació Emma.

El embarazo fue un momento de miedo; pensaba en la famosa Depresión post-parto, y sinceramente, me aterraba la idea.

De manera que pedí cita y fui, de nuevo, a mi psiquiatra.

Su reacción fue tajante.

No te preocupes, me dijo; vas a estar tan pendiente de no deprimirte, de no caer, que no hay peligro; ahora bien, cuando pasen unos meses, y te relajes, ahí, es donde está el verdadero riesgo.

Efectivamente, no sufrí Depresión post-parto; pero pasados unos meses, un día descubrí, con auténtico pavor, que sentía un vacío dentro de mi.

No me lo pensé, y me planté en urgencias de la Unidad de Salud Mental ese mismo día.

Era una pesadilla y no podía estar sucediendo. Otra vez no.

Primero fue la enfermera que me atendió la que me tranquilizó; para pasar después a mi médico. No había por qué asustarse; eso sí, tendría que estar atenta y si ese sentimiento se repetía, deberíamos actuar inmediatamente.

No hizo falta.

Esa vez, al menos, no fue necesario.

Fibromialgia

Hasta que apareció mi amiga Fibromialgia, y de nuevo mi mundo se ponía patas arriba.

Fibromialgia y Depresión

El Dolor Crónico, las limitaciones, los problemas tanto laborales, como familiares que me trajo la enfermedad, provocaron que volviera a caer.

Pero había una diferencia.

Era una Depresión Exógena, es decir, con un motivo, un duelo, la pérdida de la salud.

A lo largo de estos 17 años de Fibromialgia, mis recaídas se han continuado en el tiempo.

No sé decir, exactamente, cuántas veces he necesitado recurrir a Salud Mental, cuántas veces he acudido a mi médico de Atención Primaria para explicarle que me sentía mal, triste, decaída.

Han sido muchas, demasiadas, os lo aseguro.

No obstante, pese a todo, estoy orgullosa de mi.

Sí, lo estoy, y mucho.

Hace 21 años que arrastro una enfermedad mental, la Depresión, y siempre he salido, siempre he tenido la fuerza necesaria, el valor imprescindible para pedir ayuda.

Una y otra vez, con miedo, con inseguridad; pero he pedido ayuda.

Y aunque nunca he conseguido acudir sola a la Unidad de Salud Mental, sí he conseguido muchos avances.

Ahora yo

Ya he contado en innumerables ocasiones, (los que me seguís en Twitter lo sabéis), que ahora lo más importante en mi vida soy yo.

El centro soy yo.

Ni la Fibromialgia, ni el Dolor Crónico, ni ninguno de los múltiples síndromes y síntomas que me complican la vida.

El centro de mi mundo soy yo.

(Y Emma, por supuesto)

Cambiar la actitud me ha ayudado mucho a no caer, incluso en las ocasiones en las que no lo he podido evitar, la caída no ha sido tan grave, gracias a que me quiero, me acepto, me respeto.

Tengo Fibromialgia sí, y soy feliz.

No me canso de repetirlo, y es que casi me dejo la vida en conseguirlo.

La vida me parece maravillosa

Estuve al borde del suicidio en demasiadas ocasiones, tantas que me obligaron a estar vigilada las 24 horas del día; tantas que se plantearon ingresarme.

Estuve en el más profundo y oscuro pozo, y conseguí salir.

Y sigo teniendo miedo. Miedo a caer de nuevo.

Sin embargo, desde hace unos años, he decidido centrarme en vivir, en sentir, en disfrutar de la vida, porque, como siempre digo, me sigue pareciendo maravillosa, con todas sus pequeñas cosas.

Con sus grandes personas, Emma, Ramón, mi madre, los pocos pero buenos amigos que tengo; la familia virtual que siempre me acompaña y que tanto me ayuda, #pacientesquecuentan y las chicas de #Fibropeñita.

La Depresión, la Fibromialgia, me acompañan y lo seguirán haciendo siempre, pero yo elijo vivir.

Aunque a veces no es fácil

No es fácil, no.

Porque a veces surgen problemas de salud nuevos que me limitan más aún, estén o no relacionados con la Fibromialgia; asumir más pérdidas y limitaciones no es fácil, y hay momentos en los que cedo y caigo en la apatía.

En la tristeza.

Entonces, paro, analizo la situación, y me digo que no pasa nada, que lo voy a superar también, como siempre.

Otras veces, lo que sucede, es que el miedo me paraliza, sí, lo reconozco. 21 años después, tengo miedo a caer en depresión, y por mucho que analizo la situación, para comprobar los mensajes que me mando, para comprobar si me siento feliz, si siento el vacío, del que tanto he hablado antes.

Tengo miedo.

Y cuando eso sucede, me siento pequeñita, frágil, y vuelven a pasar por mi cabeza, todos los pensamientos negativos que tantos años me ha costado superar.

Una vez más

Han llegado los días en los que me cuesta mantenerme a flote.

Me cuesta mantenerme «feliz».

Cuando empecé a escribir esta entrada, (he tardado casi 3 semanas en escribirla), me sentía mal, bastante mal.

Cada día, hacía un gran esfuerzo para mantener el tipo, para no echarme a llorar en cualquier momento.

Una vez más, me encontraba preguntándome, no ya si era o no feliz; nada de eso.

La pregunta que me he hecho estos días atrás, una y otra vez es:

¿Me siento vacía?

Y lloraba de miedo.

Miedo, no a sentirme decaída y triste, ni a tener una vez más, depresión por lo complejo de vivir con Fibromialgia y Dolor Crónico.

Mi miedo era, y creo que será siempre, a una respuesta afirmativa.

¿Me siento vacía?

Es una pregunta, que desde aquel fatídico día de 1998, me he hecho cientos de veces, miles, quizás.

Tiemblo sólo de pensar en la posibilidad de escucharme una respuesta afirmativa.

Por fortuna, en esta ocasión, la respuesta vuelve a ser no.

No me siento vacía.

He pasado un mes mal, bastante mal, sin ganas, ni fuerzas para nada. Días de llegar a casa tras el trabajo, y meterme en la cama, llorando. Dejar pasar las horas, sin encontrar un motivo para levantarme.

Repitiendo errores

Días sin comer, sin apetito; tan sólo me apetecía estar tumbada y dormir. Aún a sabiendas que era un gran error, he pasado muchas horas en la cama, sin hacer nada.

Meterse en la cama, pasar demasiadas horas al día en ella, sin hacer nada, es alimentar la Depresión. Sí, alimentar el desánimo, la desgana, la apatía; de modo que, aunque cueste, y mucho, lo sé, es necesario no caer en la tentación de tumbarse y dormir.

En la medida de lo posible es necesario mantenerse activo, y si es fuera de la cama, mejor.

A mí, estos días, estas semanas, me ha costado mucho hacerlo, y había días, en los que como ya he reconocido, no lo conseguía, y me pasaba la mayor parte del día en la cama.

Me sentía vulnerable, y comprobar un día tras otro, que prefería permanecer en la cama, comprobar que me faltaba el ánimo para seguir adelante; sólo añadía dolor a mi situación, ya que me he sentido culpable por estar mal.

Qué tontería, ¿verdad?, después de más de 20 años, aún me siento culpable por estar mal, por estar triste.

Así se iba formando una mezcla explosiva en mi cabeza; la apatía, el abatimiento, y la culpabilidad.

Sentir que te estás hundiendo, culpabilizarte por ello, sólo añade más dolor y sufrimiento a tu situación. Y así me veía yo.

Un día tras otro, con el miedo en el cuerpo.

Miedo a caer, o mejor dicho, miedo a haber caído sin darme cuenta.

Falsa alarma

Será el otoño, o quizás, el sobreesfuerzo que he ido realizando durante meses con el trabajo; Claro que también podría ser, por la agobiante situación económica, o tal vez los culpables sean el Dolor y la puñetera Fibromialgia.

Mi amiga Fibromialgia, que desde finales de agosto, no me ha dado tregua, y los problemas se han ido concatenando. Migraña tensional, durante casi todo el mes de septiembre; añadido al incremento del dolor, a los nuevos problemas asociados a ella, mi inseparable Fibromialgia.

Lo único que sé, es que he pasado más de un mes terrible.

Asustada, triste.

Y con dolor, con mucho dolor; porque la Depresión, el pasar más tiempo del habitual en la cama, la apatía, generan más dolor. Sí, en efecto, la Depresión perturba mi Fibromialgia.

Aún así, y pese a todo, tristeza, Fibromialgia, Dolor; lo he conseguido, he salido; bueno, mejor dicho, y siendo como siempre lo soy, honesta. Lo estoy consiguiendo, estoy saliendo.

En esta crisis, en este bajón, he tenido un gran apoyo.

Han estado a mi lado grandes amigas, grandes personas, que me han dado vida, que me han escuchado y comprendido sin juzgarme.

Y es que, es muy reconfortante, poder desahogarte, poder contar cómo te sientes, sin que te juzguen, ni te digan las tan manidas frasecitas «Tienes que poner de tu parte» o «Venga, si no pasa nada, no tienes que estar así».

Gracias

Para mí han sido de gran ayuda, una vez más, mis queridos #pacientesquecuentan, creo que nunca les agradeceré lo suficiente a María y a Edu, por haber creado Tu Vida Sin Dolor, y en consecuencia Pacientes que Cuentan.

Otro punto de apoyo, imprescindible, han sido mis chicas de la #Fibropeñita, ya os las presenté con motivo de la iniciativa #HoyTambién en Octubre, mes del dolor.

Nos unió la Fibromialgia, el Dolor, y ahora somos una familia.

Formamos un grupo de amigas, de compañeras, donde está permitido reír, llorar, compartir, desahogarse.

Está permitido vaciarse, y estrujar, para poder, desde cero, volver a empezar de nuevo.

Esto es algo que siempre digo, para volver a estar bien, para volver a ser tu, a veces, es necesario romperse, caer, vaciarse por completo. Para poder iniciar la remontada y volver a sentirte bien contigo mismo.

En eso estoy.

Prometo volver a ser la que era; la Maite, Danzando en el Teclado, alegre y feliz, orgullosa de sí misma y dispuesta a seguir #SiempreAdelante.

Fibromialgia y Depresión
SiempreAdelante

10 Respuestas a “Fibromialgia y Depresión”

  1. Mi preciosa maite . Ya sabes q yo pase 4 años de depresion y ha sido como volver al pasado y tambien al presente, ya q como bien dices, después de la gran depresion, queda un miedo residual a volver a caer.
    Pero no olvidemos q ese miedo, tambien es nuestra antena para no bajar la guardia. En el fondo, nos cuida.

    Eres una canpeona y lo sabes.
    Gracias por compartir esta entrada y lo q significa.
    🤗❤⚘😘

    1. Gracias mi querida Techi, te admiro y te quiero amiga.
      No bajaremos la guardia nunca amiga, nos tenemos para apoyarnos, acompañarnos, hablar, compartir y sobre todo para reírnos de la vida y de nosotras mismas.
      Besos guapa.

  2. Querida Maite cuántas emociones y sentimientos compartidos. Esa losa que nos persigue, ese vacío, tristeza que nadie nos enseñó a manejar. Otra etiqueta que debemos añadir al dolor crónico. Gracias por escribir y describir también lo que supone vivir con depresión, de forma clara y contundente.
    Es hora de eliminar tabúes y hablar claro.😘❤.

  3. Cuanta lucha y cuanta honestidad. Cuando te leo en twitter no se transparenta casi nada de tu verdadero ser. Solo tus mensajes de siempre adelante , vamos para adelante, q en momentos dificiles vale mil veces mas este tipo de autenticidad q mostras ahora. Te felicito, hace falta coraje. Somos muchos los q creemos en vos. No nos olvides

    1. Gracias Malena, me emocionan tus palabras.
      En Twitter soy yo, la Maite de hoy, que ha luchado tanto por salir #SiempreADelante.
      Soy vital, positiva, alegre y optimista; pero evidentemente también tengo momentos malos, de bajón.
      No es sencillo vivir, con Fibromialgia y DolorCrónico, son muchos años ya.
      Tengo un pasado, duro, muy duro, que me ha llevado a ser lo que soy hoy día, y estoy muy orgullosa de lo que he logrado. Tenemos que permitirnos estar mal, y tener bajones, claro que sí; no es nada malo.
      Lo que si es importante es saber reconocerse los momentos malos, y pedir ayuda.
      Gracias por tanto como me dais.
      Para lo que necesites, aquí me tienes.
      Besos.

  4. Que excelente descripción!!!
    Pase exactamente por lo mismo. Por todo. Ya llevo 4 años con Fibromialgia, tuve muchas depresiones y un intento de suicidio y actualmente sigo luchando!!
    Gracias por compartir!!!!!!!!!!!!!!

    1. Gracias por leerme.
      Siento mucho que pasaras por todo eso, es realmente duro.
      Mi Fibromialgia me acompaña 17 años ya.
      Que sepas que no estás sola en esta lucha.
      Cuídate mucho.

  5. Gracias por tomarte el tiempo de escribir, me ayuda mucho leerte en tiempos de crisis y depresión. Me anima a seguir adelante a pesar del dolor y desánimo. Gracias

    1. Gracias a ti por leerme, y escribirme.
      Compartir lo que nos sucede nos ayuda a sobrellevarlo; comprobar que no estás solo, que no eres el único que se siente así, es muy importante.
      Siempre que necesites aquí me tienes.
      Cuídate mucho

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