Mi fibromialgia y yo en Londres

Mi Fibromialgia y el inglés

Este verano mi Fibromialgia y yo hemos hecho muchos kilómetros, siempre juntas.

Aunque para ser justos, tengo que reconocer que no se ha portado del todo mal. O quizás es que yo me he portado bien y he puesto a la Fibromialgia en su sitio, en el lugar que le corresponde.

Ha habido momentos duros y complicados, pero lo volvería a repetir todo, mañana mismo.

Volando a Londres (Mi Fibromialgia y yo claro)

No eran aún las 8 de la mañana y ya estábamos en un avión rumbo a Londres, para completar nuestras vacaciones.

(Si no habéis leído la primera parte del viaje, en Berlín, aquí podéis hacerlo)

4 días más Fibromialgia, aguanta 4 días más.

El vuelo Berlín/Londres dura 2 horas, pero claro, con el cambio horario, se convierte en una; mira tu por donde, nos encontramos con más tiempo para disfrutar el día.

Llegamos a Londres, y por fin nos entenderíamos con la gente, bueno, yo no, ni mi madre, pero para Emma es algo natural comunicarse en inglés, (tiene el móvil configurado en inglés, lee y ve series en ese idioma; siempre me han dicho que tiene un don para los idiomas. Desde los 4 años que empezó a estudiarlo, cada profesor nuevo le preguntaba si era inglesa, o lo éramos sus padres, por la correcta pronunciación y el alto nivel…….orgullo de madre, me ha salido la vena Madre de la Pantoja)

Aeropuerto sin sorpresas

Aterrizamos y pasamos todos los controles sin problemas, sin cacheos, ni pruebas de drogas, y ya estábamos en Londres.

Como ya os comenté, este viaje lo ha organizado Emma, de manera que ya teníamos reservados los billetes del autobús que nos trasladaría desde el aeropuerto de Stansted a nuestro precioso hotelito en Paddington.

Paddington, Londes.
Mi Fibromialgia y yo
Una de esas casitas era nuestro hotel

Qué sitio tan bonito Paddington, con sus calles tan tranquilas, llenas de árboles y flores, todos las casas iguales. De verdad que es acogedor y relajante.

Pues ahí, en una de esas casitas blancas, estaba nuestro hotel, un lugar acogedor, la habitación más pequeñita que en Berlín, pero muy correcto todo.

Al igual que en nuestro primer destino, dejamos las maletas y salimos corriendo a conocer la ciudad.

Comienza la aventura londinense. Vamos a ver mundo amiga Fibromialgia

Evidentemente como buenos turistas, todo nos sorprendía.

Mirar antes de cruzar
Fibromialgia
Por mucho que ponía Right, la cabeza, por instinto y costumbre, a la izquierda.

La felicidad nos invadía y mientras caminábamos no parábamos de reír. Cumpliendo el objetivo de olvidarnos de los problemas y de todo lo que no suma en nuestras vidas.

Mi Fibromialgia y yo en Londres
Con mi madre, sólo le faltó ver a la Reina

Tras coger el metro, nuestro primer objetivo era el Museo Británico, que muy optimistas nosotras, pensamos; a medio día, no habrá nadie. Sí, en pleno mes de agosto, pensamos eso, ilusas de nosotras.

Pues no, a medio día, la cola para entrar, superaba las dos horas de espera.

Decidimos saltar la visita y avanzar en nuestro programa. Con gran dolor de corazón, eso sí, porque era una de las cosas que más deseaba ver en este viaje.

Caos, ruido y gente, mucha gente

Si en Berlín disfrute de unos días de silencio y tranquilidad que me encantaron.

Rápidamente me di cuenta que en Londres no iba a ser igual.

Según nos alejábamos del Museo Británico, y nos adentramos en Oxford Circus, empezó el caos.

Creo que nunca había visto calles tan atestadas de gente. Sé, que es pleno agosto, pero, ¿de dónde sale tanta gente?.

A mí me agobió mucho la situación; imaginad, por un lado mi madre, que con sus 74 años, iba encantada mirándolo todo, y ella, que es muy correcta y educada, andaba dejando pasar a la gente, sin tropezar con nadie.

¡¡Se nos iba quedando atrás!!

¡¡La perdíamos!!

Por mucho que ella insistía, «si yo voy bien, no os preocupéis, vosotras delante», ella se iba quedando atrás, se retrasaba y la perdimos de vista no sé cuántas veces.

Por otro lado Emma, dado que ya conocía la ciudad, iba a su ritmo, sin mirar atrás, caminando feliz.

Y yo, yo atacada.

Me agobia mucho la gente, que se tropiecen conmigo, que me toquen; y el ruido. Me resulta insoportable.

Mi Fibromialgia y yo en Piccadilly Circus
Mi Fibromialgia y yo en Piccadilly Circus

Piccadilly

Así que ahí estaba yo, aterrada porque perdía a mi hija entre la multitud mientras intentaba no perder de vista a mi madre.

Ah, se me olvidaba, mi madre, que es muy cuidadosa y previsora, me decía cada 3 minutos, «Maite el bolso, ¿lo llevas?». Mamá, sí llevo el bolso; es una mochila, amarilla, vistosa, que además llevo hacia delante, no la voy a perder, ni me la van a quitar sin darme cuenta; pero ella repetía una y otra vez.

Desde la parada de metro de Oxford Circus hasta la de Piccadilly Circus, esos 700 metros se me hicieron interminables, yo quería mirar edificios, descubrir tiendas, pero no.

Iba con un ojo puesto en Emma, que se nos adelantaba, el otro en mi madre, que se quedaba atrás, y como podía iba mirando hacia arriba para ver las espectaculares fachadas, y la gran variedad de tiendas.

Un agobio todo.

Pero sobreviví para contarlo.

O eso creía yo, porque la aventura no había terminado.

China Town

Aún quedaba pasar por China Town, admirar sus curiosas puertas y comercios, mirar sus escaparates llenos de patos cocinados colgando.

China Town. Mi fibromialgia y yo en Londres
Mi Fibromialgia y yo en China Town

Todo muy de película de Jackie Chan, lleno de farolillos, guirnaldas de papel, dragones chinos en cada esquina.

Espectacular, aunque agobiante también.

De esa tarde, de ese recorrido no tengo muchas fotos, porque mi cabeza no daba para más, Emma seguía delante y mi madre por detrás, y yo, una vez más, en medio, intentando no perderme nada.

Un mundo de color

Continuamos nuestro camino hacia Leicester Square, para admirar embobadas la tienda de M&M.

Sí, habéis leído bien, embobadas.

¿como es posible que un simple trozo de chocolate dé para tanto?

Y repito, ¿De dónde sale tanta gente?

La visita a esta tienda, me hizo recordar algo que yo siempre digo, y es que en la vida no todo es en blanco o negro, hay millones de matices; al igual que en la enfermedad, en la Fibromialgia.

No todo es blanco, estar bien, o negro, estar mal, hay todo un maravilloso universo de colores y tonalidades.

La vida en Fibromialgia no es en blanco y negro
La vida con Fibromialgia no es en blanco y negro

Seguimos caminando, porque si algo hemos hecho estas vacaciones, ha sido caminar, kilómetros y kilómetros cada día, que os enseñaré en otro post.

De Trafalgar Square hasta el Puente de Westminster

Y así llegamos a Trafalgar Square, que fíjate, yo me la imaginaba, no sé, más llamativa, más espectacular, pero no.

No obstante, admito que la vista con la Galería Nacional, la Iglesia de San Martín, es espectacular, al igual que la estatua ecuestre, o el obelisco, muy bonito todo; pero la Plaza de Trafalgar en sí, con sus dos fuentes, me pareció de lo más soso.

A rebosar de gente, pero soso.

Imagino que al mirar las fotos, pensaréis, que soy una exagerada, que no se ve a nadie; pero hay truco, había un trabajador que estaba haciendo algo en una de las fuentes, y claro, nadie se acercaba.

Y nuevamente a caminar; el objetivo era llegar al London Eye, (la noria tan famosa de Londres, para entendernos).

Downing Street, mi Fibromialgia y yo en Londres
Downing Street

Por el camino pasamos por la famosísima Downing Street, donde en el número 10, reside el Primer Ministro Británico, y continuamos calle abajo hasta alcanzar el Palacio de Westminster, (sede del Parlamenteo de Reino Unido) y poder admirar en su lado noroeste el maravilloso Big Ben.

Decir admirar, es mucho decir, puesto que está en obras, sí, mala suerte, en obras y lo único que se llega a atisbar son las agujas del reloj, rodeado por un amasijo de andamios, hierros, chapas, telas; una decepción.

El Big Ben en obras.
Mi fibromialgia y yo en Londres
Obras…..vaya desilusión

Cruzando el Puente de Westminster

Agobio y Miedo.

Son las dos palabras que mejor expresan lo que yo sentí, desde la base del Big Ben, hasta llegar a mitad del puente.

En ese tramo no se podía, a penas, andar, por la de gran cantidad de gente que había.

Y en medio de esa multitud, varios grupos de trileros, que con el «where is the ball» (o algo similar) intentaban con éxito engañar a los incrédulos e ignorantes turistas.

Fueron unos metros angustiosos, andabas pegado a otra gente; y a mi, me faltaban ojos para mirar, para controlar que todo estuviera en orden, puesto que sólo había que fijarse un poco, para descubrir a personas que iban y venían entre la gente, una y otra vez, imagino que con el objetivo de robar.

Muy estresante, demasiado para mí.

Pero por fortuna, como he comentado fueron unos pocos metros, y volvimos a normalidad, abarrotada de gente, pero normalidad.

Ya estábamos cerca, nuestro objetivo estaba a escasos metros, el Coca-Cola London Eye.

London Eye

Ya os hablé en el post sobre Berlín, de mi experiencia con las alturas, pues aquí tenía más.

Pero es que me parecía un crimen, venir a Londres y no subir, así que, venga, a hacer cola.

No tuvimos que esperar mucho, la verdad, en unos pocos minutos teníamos delante de nosotras a los guías gritando para que entráramos rápido en nuestra cabina, ya que la noria, no se para; reduce la velocidad, me pareció al menos a mi, pero no para.

Meses atrás mientras planeábamos el viaje, Emma me insistía, ¿seguro que quieres que saque las entradas?, y yo que soy así de decidida, siempre respondía; «claro que voy a subir»

No es ni mucho menos, tan alta como la Torre de Televisión de Berlín, con sus 205 metros, aún así, sentirte dentro de esa urna de cristal a 135 metros del suelo, impresiona; al menos a mí.

Tarda media hora en dar una vuelta completa, y la sensación de vértigo aumentaba según ascendíamos.

Por mucho que yo, intentaba mirar al frente, ¡es cristal!, ¡lo ves todo!, de manera que agarrada, con una mano al pasamanos y con la otra extendida, como para apoyarme en el suelo, fui dando la vuelta, recorriendo, con las piernas temblando, eso sí, toda la cabina para poder disfrutar de todas las vistas posibles.

Mi hija se reía, porque yo, ya sentía nauseas, angustia, y ganas de morir.

Afortunadamente y poco a poco, igual que subimos, iniciamos el descenso, y al pisar tierra firme, yo andaba como un pato mareado.

Un primer día muy intenso

Y todo esto en un día, sí, un día intenso, increíble e inolvidable.

A pesar de que no tengo muchas fotos, os aseguro que es un día, que no olvidaré, son muchísimos y valiosísimos #ViviendoMomentos que mi Fibromialgia no podrá borrar de mi memoria.

Puesto que, centraba toda mi energía en disfrutar, en empaparme de sensaciones; de manera que cada vez, que acudía a mi mente un pensamiento negativo, tipo «que dolor de piernas», «no puedo más», «me duele» lo frenaba inmediatamente con otro, que en mi cabeza sonaba fuerte y contundente: «Maite, céntrate en disfrutar, olvídate del dolor, y vive, siente, disfruta»

Y lo conseguía, sí, lo conseguía, al menos la mayor parte del tiempo.

Iba tan centrada en disfrutar, que se me olvidaba la medicación, y era mi hija, la que con la alarma de su móvil, me avisaba, «mamá, las pastillas».

La medicación me ayudó a sobrevivir, a poder disfrutar del viaje plenamente, y aunque hubo momentos de dolor, de mucho dolor, no quiero ni pensar en ello, ni siquiera, os los voy a contar, porque quiero que os quedáis, con mi cara de absoluta y plena felicidad, siempre sonriendo.

Ya sé, que os mareo con tanto selfie, pero es que, quería guardar cada momento, cada instante, guardarlo con mi cara, con mi sonrisa, para recordarme siempre, que los sueños se cumplen, y sobre todo, que a otro ritmo, pero con Fibromialgia y Dolor Crónico se puede ser feliz.

Estoy comprobando que me va a quedar un relato del viaje, un poco largo, pero bueno, no importa, ya que, por un lado, quiero compartir con vosotros mi aventura, y por otro, quiero dejar constancia de estos 8 maravillosos e inolvidables días, para que en los momentos malos, y con Fibromialgia hay muchos; poder releer y encontrar la fuerza y energía que me animen a seguir #SiempreAdelante

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