SiempreAdelante

Vivir con Fibromialgia

Tengo Fibromialgia, y no me da la vida.

No, no me da.

La vida con Fibromialgia no me da.

Quiero hacer tantas cosas. Y ojo, que digo, «quiero hacer» y no «debería hacer», ya que me quité el complejo de culpa hace tiempo, hace mucho tiempo. Aunque de vez en cuando asome las orejas por mi mundo.

Curioso sentimiento la culpa, verdad.

Parece que lo tienes todo controlado, que manejas la situación, pero de repente…zas, en toda la boca.

Aparece cuando menos lo esperas, y ante los hechos más insignificantes.

Me levanto de la cama, después de haber estado un rato descansando, tras comer, y cuando entro en la cocina, compruebo con tristeza, que no he metido los platos al lavavajillas, que no he recogido la cocina.

Y esa maldita vocecita suena en mi cabeza, con su tono gruñón, de reproche.

«Eres un puñetero desastre Maite, no eres capaz ni de recoger la cocina, es una vergüenza tenerla así»

Y toda mi energía, toda mi fuerza, mi #SiempreAdelante, se viene abajo.

Por un instante, pero se viene abajo.

En mi cabeza surgen en apenas segundos, un montón de reproches, de pensamientos negativos, cuyo objetivo es acercarme peligrosamente, al borde del abismo, de la culpabilidad, de la depresión.

Afortunadamente, soy fuerte, hace tiempo que superé el sentimiento de culpa generado por las tareas sin hacer, o por los planes cancelados.

He superado la culpa que provocan mis limitaciones.

Claro que no ha sido fácil, ni rápido.

Tengo Fibromialgia, y elijo centrarme en lo que me hace feliz.

Fibromialgia versus Culpabilidad

Más bien ha sido un largo camino, lleno de obstáculos, que me costado años recorrer, pero aquí estoy; feliz.

Tengo Fibromialgia, sí, tengo Dolor Crónico, y limitaciones, pero no soy culpable de nada de ello, absolutamente de nada.

Como os decía, ha sido un largo y complicado camino.

Cuando me diagnosticaron la enfermedad, y durante años, me sentía culpable, por no poder llevar un ritmo de vida «normal», por no poder hacer las cosas «normales» para mi edad y situación.

La culpa, la autocondena, el sentirme insuficiente, débil e inferior, suponía una pesada losa, con la que cargar, además, obviamente, de los problemas derivados de la Fibromialgia.

Inconscientemente yo misma, limitaba, condicionaba mi vida.

Era un círculo vicioso, me sentía mal, sufría por no poder hacer según qué cosas, y por tanto, dejaba de intentarlo, abandonaba. Lo que, en consecuencia me generaba, más frustración.

Mi sentimiento de culpa se disparaba, lo que provocaba, que yo me paralizara más aún, me autolimitara más.

La culpa coartaba mi vida mi vida.

Me sentía fracasada, vulnerable, débil, sentimientos estos, que me acercaban más y más a la depresión; y evidentemente, me alejaban de mi vida social, laboral, familiar.

  Tampoco ayudaba mucho, el hecho de que mi entorno no acaba de creerme.

Imaginad si hoy día la Fibromialgia es una enfermedad desconocida, en la que mucha gente aún no cree; hace 17 años era mucho más complicado.

Yo no me sentía apoyada, protegida.

Además, como al diagnostico de la fibro, se sumaba, una grave depresión endógena sufrida años atrás; quitarme la etiqueta de «débil» no era sencillo.

Superando obstáculos

¿Por qué nos sentimos culpables?

En mi caso, mi obsesión por el control, por la perfección.

La necesidad de tenerlo todo controlado, de sentirme responsable de todo, incluyendo lo que escapaba a mi control; como la enfermedad.

Indudablemente, esta imperiosa necesidad de control, de responsabilidad, me causaban un gran sufrimiento, un gran daño, sin ser yo consciente.

Hay que añadir, como comentaba antes, que el escaso apoyo por parte de mi entorno fomentó el descontrol de mi autoculpa.

Cansada de escuchar las lapidarias frases tipo, «es que no pones de tu parte», «te pasas el día quejándote», «lo que tienes que haces es….», que multiplicaban el peso soportado sobre mis hombros.

Llegué a creer, a estar totalmente convencida, que la fibromialgia no existía, si no, que era el simple resultado de mi imaginación, la excusa para mi vagancia, para mi dejadez.

Ahora, con la experiencia que dan los años, lo pienso y me pregunto, ¿cómo pude ser tan tonta?, y vuelve la culpa, ¿lo veis?.

Vuelvo a culparme, por cómo actué hace años.

Parece que no aprendo.

Pero sí, sí he aprendido.

He aprendido a valorarme, a frenar, a parar los pensamientos negativos, de culpabilidad, que de repente brotan en mi cabeza.

De manera que, en cuanto empiezo a pensar en negativo, a sentirme culpable, me pongo freno.

«No, Maite no, no sigas, ya está bien, para» me digo enérgicamente, y la verdad, es que me funciona.

Y he aprendido que no pasa nada por equivocarse; que sí, que no lo hice bien, ¿Y qué?.

Actué cómo podía, cómo sabía, y punto.

No vale lamentarse por el pasado, por lo que hiciste o dejaste de hacer. Lo que importa es el hoy, el ahora.(ya sé que me repito, que sobre este tema hablé en el último post; y lo volveré a hacer, porque lo considero muy importante)

Y ahora, como ya he contado mil veces, soy feliz.

Hoy También

Para conocer el testimonio, la experiencia de otros pacientes, con diversas patologías, te recomiendo visitar Tu vida sin dolor y Pacientes que cuentan

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